Vilassar Ecologista

Rebel·lió o Extinció – XR

Más allá de la emergencia climática… el colapso.

Per: Adrian Almazán

Antes de que la pandemia mundial de la COVID-19 llegara hasta el último rincón del mundo y se transformara en el fetiche por excelencia de los medios de comunicación, la bautizada como “emergencia climática” disfrutó de una pequeña primavera de visibilidad y atención social. Con la figura de Greta Thunberg como símbolo y mediante su movilización en países de todo el mundo, el movimiento de los jóvenes por el clima sigue aún tratando de alertarnos de que las consecuencias de no tomar medidas contundentes contra el cambio climático casi de inmediato serán devastadoras. Un movimiento que no ha venido solo, ya que ha coincidido en el tiempo con un reforzamiento de algunos actores ecologistas clásicos y la aparición de un nuevo movimiento social, Extinction Rebellion, que plantea la emergencia del presente en términos más contundentes si cabe: o reaccionamos pronto o nos enfrentamos a la extinción como especie (a la que se sumaría la de muchas otras plantas y animales con los que hemos co-
evolucionado durante los últimos miles de años).

Por desgracia, la realidad es que ni las declaraciones institucionales de emergencia climática ni la contundencia del discurso de algunos de los actores que tratan de oponerse al caos climático ya en marcha han servido para que nuestras sociedades comprendan algo fundamental: debemos luchar contra el calentamiento global no para salvar la Tierra, sino para garantizar la posibilidad de vidas buenas para todas y todos. Como ya sucediera con el famoso desarrollo sostenible, la emergencia climática no parece estar sirviendo para mucho más para tranquilizar conciencias y que todo pueda seguir su curso sin tener que sufrir transformaciones de fondo.
La realidad es que cuando hablamos de cambio climático deberíamos ser conscientes de que hablamos de todos y cada uno de los aspectos más cruciales de nuestra vida. Hablamos, por supuesto, de las temperaturas y del aumento del nivel del mar. Pero hablamos también de las cosechas, de los movimientos migratorios, de la destrucción de los hábitats de numerosos animales y plantas, del transporte, del acceso al agua potable, de las pandemias del presente y el futuro… El cambio climático,
lejos de lo que pudiera derivarse de las declaraciones oficiales de emergencia climática, pone en tela de juicio toda nuestra forma vivir, el conjunto de nuestro mundo, nuestra economía e incluso nuestros deseos
y expectativas vitales.
Especialmente porque no se puede entender de manera aislada. El tipo de transformación climática que la quema masiva de combustibles fósiles está produciendo es inseparable y paradigmática de un callejón sin salida civilizatorio que nos tiene atrapados en una pinza que es tan poderosa como tremendamente frágil.
Vivimos en sociedades capitalistas e industriales en las que la búsqueda de beneficio es la lógica dominante. Las economías necesitan crecen sin límite, ya que de ello depende no ya la mejora del nivel de vida dentro de las mismas, sino el simple mantenimiento de la asesina lógica de la deuda y la
financiarización que ha inundado a los estados de todo el planeta. Pero dicho crecimiento ni es ni puede ser gratuito. Todo crecimiento económico se sustenta sobre la base de la destrucción de elementos naturales, de su consumo y extracción. Y, de entre todos ellos, los más importantes y cruciales son los combustibles fósiles.
No solemos darnos cuenta de que la nuestra es una civilización extremadamente excepcional. Y su excepcionalidad es inseparable del hecho de que hace solo un par de siglos decidiera dar la espalda al Sol
como principal fuente de energía y se lanzara a la extracción de los depósitos secretos de energía que la corteza terrestre ocultaba. Al fin y al cabo, ¿qué son si no el gas, el petróleo y el carbón? Materia orgánica
atrapada bajo tierra, concentrada y transmutada en un material con una capacidad sin igual para generar energía y tremendamente versátil. Hay quien, de hecho, ha llegado a hablar de lotería energética para
referirse a ellos.
Las sociedades capitalistas industriales, de hecho, han actuado como lo haría un irresponsable ganador de la lotería. Pensando que la excepción era la norma y que la lotería podría ganarse una y otra vez de manera indefinida, ha dilapidado sus ganancias sin mirar más allá de unas pocas décadas. O mejor dicho, ha construido un modo de vida de nuevo rico en el que el gasto se ha vuelto condición indispensable de una nueva definición de normalidad. Así, tras dos siglos de progreso y desarrollo industrial, lo que a escala planetaria debería considerarse el comportamiento extravagante de un nuevo rico caprichoso, se ha convertido en el umbral indiscutible de una vida digna. Nuestra manera de alimentarnos, de vestirnos, de transportarnos, de calentarnos, de trabajar, de divertirnos… Todo ello depende de los combustibles fósiles para ser viable. Gas para calentar nuestras casas y cocinar nuestros alimentos; gasolina que alimente a los aviones que nos llevan de vacaciones, los coches que nos transportan y los barcos que mantienen en constante movimiento las mercancías de
nuestra economía globalizada; petróleo en las industrias químicas y de producción de fertilizantes, es decir, petróleo como parte inseparable de cada alimento que ingerimos; carbón para alimentar las centrales que producen la electricidad que consumimos… Todo un entramado sustentado en unos materiales que no solo son finitos, sino que además son destructores. Y, por tanto, de una enorme fragilidad.
Los combustibles fósiles son finitos, y de hecho su declive es ya imparable. El pico del petróleo, el momento en el que la extracción del mismo alcanzó su máximo, ya ha sido superado. Cada vez nos vemos obligados a excavar más profundo, destruir más territorio e invertir más energía para hacer que la sangre negra siga circulando. Y otro tanto podríamos decir sobre el gas y el carbón, cuyos picos están a solo unos pocos años de distancia. Finitos, pero también destructivos. En tanto que motores del crecimiento
económico, destructores del territorio y de la biodiversidad. Y convertidos en gases de efecto invernadero, devastadores del clima y causantes del cambio climático.
Esta verdad sencilla, que nuestra forma de vivir es injusta, desigual, enemiga de la libertad y destructora de la vida y el territorio, es la que con más ahínco nos negamos a aceptar. Cualquier fantasía compensatoria es buena para cerrar los ojos ante ella: la sustitución total de las energías fósiles por energías renovables, el coche eléctrico, la digitalización total del mundo o incluso la conquista espacial.
Todo ello inviable, dependiente de los combustibles fósiles e imposible de generalizar en un mundo incluso modestamente democrático.
Y ese es es nuestro principal problema, que nuestra ceguera en parte voluntaria y en parte sistemática nos está impidiendo ver que caminamos con paso firme hacia un auténtico precipicio. Nuestros prejuicios y
nuestro autoengaño nos impiden comprender que la conjunción de todas las crisis en marcha y la falta de una respuesta realista a las mismas están desencadenando ya un genuino colapso ecosocial en el que tanto la estabilidad del conjunto de la vida del planeta, de Gaia, como la posibilidad de la vida humana están en cuestión. Nuestra forma de vivir ya está muerta, pero nos negamos a aceptarlo.
Al fin y al cabo, cuando hablo de colapso no me refiero a un evento puntual y dramático, una repentina transformación total, una gran conflagración. Por suerte o por desgracia, el colapso ecosocial no se parecerá al que nos presenta la reciente serie francesa “Colapso”, donde la gran crisis se desencadena de un día para otro. Más que un shock, el colapso se asemeja más a una lenta enfermedad terminal. O mejor aún, a la lenta descomposición de un cuerpo, en el de nuestras sociedades, que está ya virtualmente muerto.
Es solo dentro de este marco en el que se puede entender con cierta lucidez muchos fenómenos que, en el presente, parecen responder al azar de la actualidad y presentarse de manera totalmente desvinculada. El colapso es la volatilidad del precio del petróleo y la burbuja del fracking, el avance del extractivismo y la apertura de cada vez más minas, las sequías recurrentes y los huracanes y grandes tormentas, los incendios que devastan bosques desde Australia hasta EEUU pasando por la Península Ibérica, la
conflictividad endémica en Oriente Medio, el movimiento forzoso de miles de migrantes ecológicos que ya no pueden ganarse la vida en sus tierras contaminadas o devastadas, el derrumbe de los regímenes oligárquicos con ínfulas democráticas del último siglo y el comienzo de la era Trump/Bolsonaro, el aumento de la crispación social y la xenofobia, la exacerbación de la desigualdad entre países y en el interior de éstos, la pérdida de cosechas, las cada vez más habituales pandemias…
Y como en cualquier duelo, nada puede hacerse sin partir de un punto básico: la aceptación de la muerte.
Si no somos capaces de entender que no tiene sentido tratar de salvaguardar las excentricidades de un anciano antaño millonario y hoy pobre y enfermo, no tendremos ninguna oportunidad de construir vidas
vivibles, quizá menos exuberantes a nivel material pero por qué no más libres, más dignas, más felices, más justas, más igualitarias.
El motor del cambio no debería ser la resignación. Tampoco la idea abstracta de una salvación de una humanidad que no distinga a los culpables de las víctimas. Las transformaciones que necesitamos tienen
que partir de asumir la muerte de nuestra civilización, pero también de celebrarla. De entender que con la pérdida del capitalismo industrial no tiene por qué perderse la idea de democracia, el cuidado de los unos
a los otros, el deseo de una vida pacífica, una vida cultural e institucional rica e inclusiva, la felicidad, la libertad y la autonomía… Tenemos que poder ver que las vidas a las que nos han condenado los desarrollos de los dos últimos siglos no son solo destructivas e insostenibles, sino profundamente
indeseables e insatisfactorias.
De no hacerlo, de aferrarnos con uñas y dientes al mantenimiento de la excepcionalidad que constituye nuestro presente o asumir el cambio como una imposición del destino (o del Estado, el mercado o el
crecimiento), al colapso ecosocial le acompañará probablemente la barbarie social y el genocidio a gran escala. Cuando el acceso a modos de vida hoy comunes en las clases medias y altas de los países occidentales se convierta en un lujo, ¿qué haremos? ¿pelear a muerte por un puesto en la fiesta y dejar al resto morir u acabar con ellas para garantizar a todos vidas más frugales pero democráticas?
Estas preguntas ni tienen ni podrán tener respuestas a priori. Nuestras acciones cotidianas, nuestras elecciones, serán las únicas capaces de dar una respuesta en acto a las mismas. Al fin y al cabo, la vida humana en la tierra siempre ha estado sujeta a un régimen trágico en el que el error y el fracaso nunca dejarán de acecharnos. La pregunta del cómo vivir no puede cerrarse de una vez para siempre, pero sí podemos construir sociedades que comprendan que es crucial al menos planteársela y darle una respuesta
lo más colectiva posible. Algo incompatible con seguir aferrándonos a las promesas míticas del desarrollo sostenible, las ciudades inteligentes, el gobierno de los algoritmos, las colonias marcianas o la fusión del
cuerpo humano y la máquina. Estos nuevos ídolos, que han venido a sustituir el papel que antaño jugara Dios o la tradición, nublan nuestro juicio al ofrecernos falsas soluciones infalibles.
Asumir la mortalidad de nuestro moda de vida puede ser igual o más doloroso que asumir la mortalidad de nuestro cuerpo. Pero al igual que ninguna vida libre y digna puede construirse sin mirar a los ojos al
fantasma de la muerte e integrarlo en la medida de lo posible en la construcción de nuestros objetivos vitales, ninguna transformación deseable de nuestro mundo será viable si antes no hacemos un duelo que
denuncie la infamia de un modo de vida que hoy ya colapsa. Lo que ocurra después, aún está por escribir.

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